Blogia
Borradores

UN CUENTO DE 'GOLPES DE MAR', DEDICADO A MANUEL RIVAS

UN CUENTO DE 'GOLPES DE MAR', DEDICADO A MANUEL RIVAS

El HERMANO QUE LE INVENTÉ A MI HERMANO

 

De ’Golpes de mar’. Antón Castro. Destino, Barcelona, 2006.

 

Tengo un hermano. Es paleta o albañil y sale cada domingo a capturar percebes. Ese hermano fue mi primer dios: lo idolatré a él antes que a nadie, quizá antes que a mi padre, que fue emigrante, pescador de mejillones, encofrador (una de las suertes menores de la carpintería) y peón de vialidad y aguas. Yo nunca supe muy bien qué quería hacer de mi vida. He tenido sueños muy diferentes respecto a mi futuro: quise ser campesino con hacienda y rebaños, carpintero (ésta fue mi obsesión mayor: siempre llevaba el ovalado lápiz rojo en la oreja y tiraba rectas ayudado por las escuadras de metal de mi padre), ingeniero en electrónica y gaitero. Estuve a punto de comprarme una gaita, pero mi padre me disuadió, tú no tienes pulmones para tocar, antes nos dejarías huérfanos de hijo. Eso me aseguró.

         De niño ya me gustaba leer los periódicos, y no sólo el Dicen y el As color, sino los diarios de información. Me encantaba viajar a través de sus páginas: me detenía en los reportajes, en las páginas de entrevistas donde descubría un personaje que me sonaba vagamente, y en los temas atractivos, como podrían ser la historia de un pazo, el episodio novelado de un naufragio o los crímenes horrendos, que me impedían dormir. Cada semana o cada quince días, mi madre traía una caja de cartón con los periódicos atrasados. Trabajaba por horas en casa de Ucho y Elvira, que vivían una especie de apacible matrimonio de hermanos rentistas. Ella zurcía, escuchaba zarzuelas y regaba los tiestos de la terraza, y él se desvivía por algunos programas de radio y, sobre todo, por los periódicos, que amontonaba una vez que los había leído para mi madre. Yo me zambullía en ellos con mis tijeras en la mano y mis carpetas, y empezaba a recortar y a ordenar cuatro o cinco series. Van allá más de 30 años y aún conservo algunos ejemplares. Viendo mi obstinación, mi padre me dijo un día: “Ojalá fueras un buen periodista". Eso se me quedó grabado. El periodismo fue mi último sueño nítido o acaso la certidumbre de una obligación, que logré esquivar. Soy bibliotecario. No he logrado escribir una página propia en mi vida.

         No sé muy bien cómo sucedió. Pero yo sentí que tenía otro hermano: se llamaba Manuel Rivas. Sé que la revelación es chocante y brusca. Descubrí su nombre en un reportaje de ballenas. Y volví a verlo en otro sobre la Torre de Hércules, José Cornide y el caudillo Brigo: todo mezclado en un audaz amasijo de magia. Desde entonces, estaba atento a lo que iba publicando en las distintas revistas o periódicos, y tenía la sensación de que escribía como yo soñaba escribir algún día. Me gustaban sus reportajes, sus entrevistas, sus primeras columnas de opinión, aquellos fogonazos líricos que surgían de súbito en medio de una mezquina borrasca de la política. Leía sus artículos en Teima, Mancomún o A nosa terra. Él adelantaba mis sueños: era como si alguien estuviese viviendo día a día, página a página, con los mismos adjetivos, la vida literaria y periodística que yo anhelaba para mí. Era como si alguien llegase sin esfuerzo, como una aparición tranquila, al lugar donde yo había puesto mi meta. Manuel Rivas era un suplantador de mis utopías. Un día vi una de sus fotos y, en efecto, se parecía a mi hermano.

         Si algo amo en el mundo es Santiago de Compostela. En Compostela se alían la lluvia, la piedra y el fulgor de una luz desvanecida de leyenda. Fui por primera vez con trece años, y fue todo una revelación. Con una muchacha, que tenía seis tías monjas y otro tío fraile en clausura, recorrí casi todos los conventos e iglesias, los parques y las callejas, y al fin cuando se desmayaba la tarde descubrimos un tiovivo que representó la felicidad, la algazara indecible de la verbena. Presentí que en la atmósfera de la ciudad había una ligazón misteriosa con mi vida. Desde un banco de la alameda, con la catedral sumergida en una nebulosa de oro y sueño, incliné la cabeza sobre mi amiga y busqué su oreja. Sobre ella di mi primer beso de amor. Llevaba un short diminuto: la blancura de sus muslos rivalizaba con la luna que empezaba a anidar en los torreones.

         Algunos años después, llegué a Compostela muy tarde, casi a las doce de la noche, con un grupo de tres o cuatro personas que se dedicaba a la investigación teatral. Uno de los compañeros que nos dirigía, Antón Lamapereira, tenía amigos en Santiago, en concreto un joven periodista de pocos años, Manuel Rivas, que se movía entre una timidez desarbolada y una sabiduría desleída por la dulzura. De vez en cuando, construía frases que resultaban de otro mundo: era capaz de mezclar el temblor de una estrella con el cesto de mimbre de una labradora o con el plato de pulpo con cachelos que humeaba sobre la mesa. Recuerdo que se vio obligado a buscarnos un lugar donde dormir: nos llevó a casa del periodista de El país e Interviú Perfecto Conde. La casa era bellísima, de fábula medieval, y estaba repleta de periódicos derramados por todos los rincones. Aquello parecía una selva de la letra impresa y un torbellino de desórdenes. De madrugada vimos a Perfecto Conde con su guapísima y elegante novia en un bar, y nos dijimos: "Seguro que ella nunca toma café en la casa".

Aquel fue mi primer encuentro con Manuel Rivas. Por pudor, no le confesé mi admiración. En una taberna ocurrió algo que no podré olvidar jamás. Se notaba que conocía al patrón. Ambos se alegraron de verse. Hablaron. Ya sé que has acabado la carrera, te leemos de vez en cuando en la cocina, casi de madrugada. Sí, me van las cosas bien. Más que bien, Manolo, los compañeros de la partida de dominó dicen: hoy ha escrito de percebes y de muertos, ayer de Pousada, el hombre que hace más de 43 recetas con castañas, y qué bonito, sí, dijo Maceiras, el reportaje que le dedicó a Manolo Loureda, el futbolista. Ya sabes, hay que hacer de todo, hasta necrológicas, Rosende. Después, se produjo ese momento entre desabrido y sublime que no he podido olvidar nunca, repito, ese instante que define la enfermiza relación entre gallegos y alumbra el altar de la añoranza. Y la niña, ¿cómo está? Seguro que ya va en sexto o séptimo. Murió, Manolo, murió, tres o cuatro meses después de que dejaras Santiago. No superó la enfermedad. El joven periodista, como todos nosotros, se quedó traspuesto: como si recibiese un puñetazo del destino. Se le encendió la cara y miró al tabernero (su ojos refrenaban un diluvio de pena a punto de desgañitarse), con una ternura que se desmigajaba en el aire. Reaccionó de súbito y dijo: “No sabes cómo lo siento, Rosende. Pero, consuélate. Las cartas más bonitas nos llegan en sueños desde el más allá. Siempre. Las de Clara serán preciosas. Tenía una letra muy bonita”.

         A los pocos días, le leí una entrevista con Rafael Dieste. Un escritor que venero como a nadie. Me gustan sus libros, el personaje, su elegancia tocada de añoranza, su finísima inteligencia y su gusto por la magia y la filosofía, que desposaba en sus delicadas maneras y en su obra. Uno de los libros de mi vida es Historias e invenciones de Félix Muriel. Se lo recomiendo siempre a los lectores. Rivas había conversado con Dieste en Rianxo, frente al mar, y yo dialogaba con ambos a través de las confidencias. Era una página llena de profecías y aforismos en la cual sonaba el piano con melodías de gaviota que bate sus alas sobre el espigón del mar.

         Rivas era como mi sombra. Como mi doble insidioso. Alguien que sin saberlo corregía mi existencia. Cada cosa que hacía él, me obligaba a modificar mis utopías. Cuando comenzó a escribir de fútbol, creí que me iba a morir: ensalzaba el mito del Deportivo, del fútbol atlántico, y cada una de sus piezas era un cuento. No es que yo le tuviese envidia, pero sí padecía una sensación de angustia porque alguien se anticipa a la quimera que construyes y la alcanza con pasmosa naturalidad. Insisto en la idea: sé que la he dicho antes. Al fin y al cabo era mi hermano. Leía todos sus libros: sus primeros poemas, sus textos narrativos, tanto Los comedores de patatas como Un millón de vacas, leí con devoción El lápiz del carpintero (¿cómo voy a olvidarme de la carga de acordeones del barco “Palermo” o de la isla de San Simón, convertida en cárcel de prisioneros de guerra?), ¿Qué me quieres, amor? o Ella, maldita alma, esas piezas que son como suspiros de realidad y sortilegio, donde la facilidad narrativa se mezcla con el don metafórico, con el aliento lírico de  la mariposa que esparce su polvo de oro, y con la creación de personajes que se mueven en terrenos fronterizos, con un pie en la modernidad y el otro anclado en el agro, en la fantasía y la superstición que viene del corazón de la tierra, de la furia del mar. Rivas era como una mezcla alquímica de Álvaro Cunqueiro, Rafael Dieste, Albert Camus y John Berger. Para un lector profesional es fácil hacer comparaciones así.

         En una ocasión, hice algo que no he vuelto a hacer jamás. Compré su colección de poemas Costa da Morte blues y se la remití para que me la devolviese con una dedicatoria. Rivas, desde Urroa, ese paraje de Vimianzo donde el viento corre tanto como los caballos, me devolvió el ejemplar con una dedicatoria y una postal de Van Gogh. Me decía al final: “Tú ya eres mi hermano. Un hermano que tengo fuera de casa y al que algún día habré de ir a ver”. La carta la tiene mi hermano, el paleta o albañil, el percebeiro que presume de haber leído un único libro en su vida, El periodismo es un cuento, curiosamente de Manuel Rivas, su hermano. El hermano que yo le inventé a mi hermano. Y dice que cuando quiere llorar se sube al desván de su casa, orientada hacia las playas de Valcobo y Barrañán, con sus casi 50 años y su cara encendida como una cereza, y lee la historia de Eva Lavandeira, desaparecida en un bosque de caballos sueltos y de lobos. “Al principio, Eva rehuía el espejo. Miraba a la otra, a su imagen, como a una extraña y se alejaba con inquietud. Pero, poco a poco, fue reconociéndola. Un día fijó sus ojos azulísimos en los ojos azulísimos de la otra”. Con la mirada tocada por un aluvión de lágrimas, concluye mi hermano la lectura: “Un sacerdote dijo el día del funeral: ‘Eva se quedó dormida y despertó en el cielo’. Los curas, cuando hablan el lenguaje de los niños, siempre dicen la verdad. Lo que nos queda ahora es la Eva del espejo. Aquella sonrisa que le servía para saltar un muro insalvable”.

         Siempre he tenido la sensación de que Manuel Rivas era el otro, como antes lo fue mi hermano. Y al mirarlos, al pensar en ellos, yo también me veía avanzar hacia el espejo como si quisiera abrazarlo, como si quisiera, al entrar en su estancia de plata, abrazarlos a los dos.

 

 

 

*Esta tarde, a las 20 horas, en el Palacio de la Aljafería, el escritor Manuel Rivas (A Coruña, 1957) protagonizará una de las ‘Conversaciones en la Aljafería’. Será presentado por el poeta, crítico literario y ex librero David Mayor, y luego él y yo dialogaremos en torno a la literatura y algunos aspectos sociales con el autor de ‘Los libros arden mal’, ‘El lápiz del carpintero’ o ‘¿Qué me quieres, amor?’. Este texto pertenece al libro de relatos ‘Golpes de mar’ (Destino, 2006).Esta foto es de Paul Schutzer.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres