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CHARLA HOY SOBRE SENDER EN HUESCA

CHARLA HOY SOBRE SENDER EN HUESCA

Esta tarde, invitado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, Antón Castro (el mantenedor de este blog con el equipo de ‘Borradores’) dará una conferencia en el salón de actos de Multicaja sobre Ramón José Sender y uno de los libros que más me gustan de él: ‘Álbum de radiografías secretas’, que había publicado Destino el mismo año de su muerte y que hace poco rescataron Mario de los Santos y Óscar Sipán para Tropo Editores.

 

Antón Castro hablará de algunos personajes que conoció Sender y que le marcaron especialmente como Nancy Cunard, Simone Weil, Frieda Kahlo (sic), que no le cayó demasiado bien (dice, por cierto, que se entendía con un joven, Angelito), Simone de Beauvoir (recuerda un detalle muy entrañable: fue con ella a llevarle flores a la tumba de Cipriano Mera, de quien habla maravillas),  Albert Camus (“el ordinario ser excepcional”), Ernest Hemingway, William Faulkner, John Dos Passos, Dylan Thomas, Louis Ferdinand Celine o, entre otros muchos, Bertrand Russell con quien jugó una tarde al ajedrez.

Ramón José Sender oyó una vez de labios de Fernando de los Ríos: “Usted tiene una estrella especial y un futuro”.

Ramón José Sender y su 'Álbum de radiografías secretas'. Conferencia. Salón de actos de Multicaja. 19.30. Huesca. En la foto el cartel de Natalio Bayo, con el que ha rendido homenaje a Fernando Pessoa y Almada Negreiros.

 

Rescato un artículo algo extenso sobre Ramón José Sender (1902-1982)

 

SENDER, EL APASIONADO ESCRITOR,

EL FAUNO IRREDUCTIBLE

 

ANTÓN CASTRO

Ramón José Sender (1901--1982) comenzó en 1942 la primera parte de Crónica del Alba y la terminó 24 años después con un poema de despedida. A lo largo de casi un cuarto de siglo de destierro redactó nueve novelas y  más de 1300 páginas, en letra más bien apretada por no decir diminuta. Crónica del alba es un empeño obsesivo de Sender, tal vez el más ambicioso y más revelador, y sin duda alguna uno de los mejores y más emotivos de las letras ibéricas del siglo XX. Nos acuden a la cabeza de inmediato La forja de un rebelde de Arturo Barea, Los pasos contados de Corpus Barga, El laberinto mágico de Max Aub o La creación del mundo de Miguel Torga. Novelas de una vida: torbellinos de memoria. Al fondo, con sus caretas, con esa mezcla de objetivismo, realidad inventada y atmósferas secas y mágicas, está el discurrir de su existencia: el esforzado trayecto que le convirtió en hombre y en escritor en un país en llamas o derrotado que aspiraba a la libertad máxima y se desvió hacia el fascismo.

            Sender crea un alter ego como Pepe Garcés, apellido que tomó de su madre, que “murió bajo un cielo lluvioso” en el campo de concentración de Argelés en noviembre de 1939. Acudió al subterfugio del manuscrito encontrado: tras el fallecimiento de Garcés se hallaron unos cuadernos autobiográficos que abarcaban su existencia: su niñez, la presencia del capellán Mosén Joaquín Joaquín y de Valentina, aquella muchacha que será su imborrable cómplice de ternuras y que lo hará desde muy niño “Señor del amor, del saber y de las dominaciones”. Garcés pretenderá compendiarlo todo con el aliento totalizador de un gran novelista. Y ese todo supone una aventura individual, la crónica detallada del despertar al conocimiento, que acabará desplazándose hacia un contexto social de violencia política, de subversión, de crecimiento vertiginoso con camaradas, escritores o muchachas que se ofrecen, entre el desespero y la pasión, en las tiendas de campamento, como aquella levantina Irene que le recuerda a su pasado amor, como Trini de la Huerta que encarna la perversión y las artes obscenas de la lascivia. Como aquella Guerrero, “la guerrera”, que le provocaba mil y una sensaciones con su rotunda hermosura tal vez sin saberlo. Al fin y al cabo, Pepe Garcés-Ramón Sender era un conquistador desaforado del que no siempre te podías fiar.

            Si en Crónica del alba (la primera novela, cuyo título coincide con el título de la serie), Pepe Garcés recrea el clima de infancia, ese edén de juegos y amores iniciales, de complicidad con el cura que inmortalizó para siempre Anthony Quinn; en Hipogrifo violento el relato transcurre en el internado de Reus, en un ambiente religioso y opresivo, allí materias como la pobreza, la santidad o la inmortalidad (“es como una estatua”, escribe Sender) encienden las discusiones de los jóvenes. Sender se sirve en esta entrega, y en todo el proyecto, de poemas y en particular de La vida es sueño de Calderón, que es el autosacramental que configura la acción más o menos simbólica de la novela. En La Quinta Julieta (hay una edición reciente, en un tomo suelto, de la Diputación de Zaragoza, 2001), Pepe Garcés invoca una parte de su vida en Zaragoza: el descubrimiento de la ciudad, sus paseos, sus amigos, sus encuentros con Valentina (a la que no podrá olvidar ni un instante) y, en especial, la visita a La Quinta Julieta, que tal como dice José-Carlos Mainer al prólogo a la reedición en dos tomos con estuche de Crónica del alba (Destino, 2001), evoca un capítulo de la ópera Lohengrin con esa llegada en barca-cisne a través del Canal Imperial de Aragón. El episodio no es imaginado aunque sí tenga correspondencias wagnerianas: hay postales de época y numerosas fotos de José Antonio Dosset que captan el hermoso momento. Crónica del alba tiene el mérito de convertir Zaragoza en una ciudad literaria de primer nivel, algo que también harían años después con gran fortuna José María Conget, Cees Noteboom en varios de sus libros e incluso jóvenes autores como Félix Romeo en Dibujos animados o Discothèque.

            El mancebo y los héroes y La onza de oro se centran en Zaragoza también e iluminan ese modo en que el personaje, sin despojarse de sus tribulaciones, acredita que vive en una urbe agitada por los cines, las manifestaciones, los desórdenes y el impacto de los anarquistas. Los niveles del existir y Los términos del presagio discurren en el Bajo Aragón –en Caspe principalmente, Alcañiz, donde fue mancebo de botica y seductor, La Puebla de Híjar, de manera ocasional, etc.-- y ahí vemos al héroe enfrentado a un nuevo destino como dependiente de botica, enamorado de Isabel, esa libérrima muchacha que conoce todos los secretos carnales, incluso los del sexo oral, y acabará embarazada. Ese joven es el mismo que ha echado un ojo a Milagros Guerrero, la muchacha alcañizana de la que no se olvidaría ni en el exilio como vemos en la carta que conservaban Emilio Molíns y su sobrino el pintor Jorge Gay Molíns.

En las dos últimas piezas, Pepe Garcés intenta crecer como periodista y como escritor, aunque lo que de veras le caracterizaba era su pasión por la literatura, algo que revela mediante su torrencialidad lectora. En aquellos días del Ateneo y de las tertulias, de la vida a la intemperie, abundan los Ramones madrileños, entre ellos Ramón Gómez de la Serna, que daba conferencias a lomos de un elefante o entrevistaba a una muñeca en el Torreón de Velásquez, y el gran Valle—Inclán, que le prologaría su primer peligro: El problema religioso en Méjico (1928). En esas últimas entregas, vemos a Pepe Garcés-Ramón Sender en el centro del polvorín de sangre, de odio y de muertes. Está ahí más moribundo que vivo, en plena Guerra Civil, en el desmoronamiento del país, en el campo de concentración, abrazado a un puñado de cuadernos que son el recuento personal de su existencia y de una historia colectiva, un nudo y un nido de personajes y mitos, el fervor hacia una tierra (Aragón) y su lengua y sus tradiciones, y a la vez la ficción con su inevitable carga documental. Páginas de aprendizaje, páginas de amor y búsqueda donde la vida es como un río que fluye o un torrente salvaje de emociones, páginas donde erotismo y amistad se funden, donde religión y política se entreveran, donde la derrota se impone contra los ideales de la República y de la libertad de una nación que empezaba a transformarse en ese país de todos los demonios que cantaría Gabriel Celaya.    

            A lo mejor no es éste el mejor libro de Sender. Libro de libros: torbellino de la memoria recuperada, ya lo hemos dicho. Tiene otras páginas bellísimas y poderosas en Imán, Réquiem por un campesino español, El rey y la reina, El lugar de un hombre o Mr. Witt en el Cantón, por invocar algunos títulos incuestionables. Pero en Crónica del alba está el artista total: el hombre y el narrador, el despatriado y sus demonios, el joven obsesionado por el arte de narrar y el arte de amar, el ser humano despojado de país y de patria. Sender tuvo siempre vocación de seductor. Fue enamoradizo y obtuvo sus éxitos. De joven, en Huesca, frecuentó a Fermina Atarés, la madre de los hermanos Antonio, Carlos y Ángeles Saura, pianista y muy amiga de Pilar Bayona; en la posguerra solían tocar en la intimidad a cuatro manos. Más tarde se casó con Amparo Barayón, camarera, pianista y excepcional mecanógrafa de alguno de sus libros (Mr. Witt en el Cantón, entre otros), que fue asesinada en Zamora apenas comenzada la Guerra Civil. Luego tuvo relaciones esporádicas, más fugaces que felices, salvo la que mantuvo con Florence Hall, su segunda esposa. Esta mujer, de grandes ojos, delicada y protectora, también fue su traductora al inglés. Jamás dejó de amarlo pero se separaron pronto. Ramón José Sender era un solitario cazador de corazones, un volcán de deseo, pero carecía de talento y capacidad para retener a las mujeres a su lado. Aún de anciano seguía estremecido por la belleza de las muchachas jóvenes, de las chicas de instituto que pasaban con su cabello de cola de yegua, y sonreía con Luz Campana de Watts acerca de sus apetitos carnales. Aún recordamos su risa, su picardía, su exaltación de la vida.

En cambio, como narrador (es el más traducido de las letras españolas tras Cervantes) fue capaz de crear grandes personajes femeninos: ninguno, desde luego, como la adorable Valentina, que es una criatura mítica y un espejo que invoca la pureza. Pero tampoco olvidamos a la protagonista de El rey y la reina, aquella señora atormentada y sometida a un combate de esclavitud social y sexual con su criado, o la joven y pizpireta esposa de Mr. Witt en el Cantón, capaz de desencadenar un terremoto político en Cartagena y de provocar los celos de su marido. O la pintoresca Nancy, coleccionista de vocablos para una tesis. Una mención especial merece nuestra Milagros Guerrero. Es como una aparición huidiza: como esa imagen del amor que flota y te llena las últimas habitaciones de la sangre. A Sender le desordenó las emociones y una de las frases que le dedica no deja lugar a dudas. “Cuando veía a la Guerrero (o a la guerrera como decía el boticario haciendo un juego de palabras inocente), sólo me faltaba relinchar, y que ella me perdone si ve estas líneas algún día, pero no podía evitar mi inclinación apasionada, tantos y tan apelativos eran sus encantos, aunque ella se condujera de un modo discreto y recatado y absolutamente honesto”.

            Ramón José Sender, bien se ve, era un fauno irreductible.

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