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'TODAS LAS CANCIONES HABLAN DE MÍ': AMOR, SENSIBILIDAD Y EMOCIÓN

EL SEDUCTOR MELANCÓLICO

 

El pasado sábado se presentaba en Gijón, en el Festival de Cine, la primera película de Jonás Trueba: ‘Todas las canciones hablan de mí’, que ha producido Gerardo Herrero, y que cuenta con un joven reparto: Oriol Vila, Bárbara Lennie, Ángela Cremonte, Valeria Alonso, Miriam Giovannelli, Bruno Bergonzini, a los que suman Ramón Fontseré y David Trueba, en un divertido cameo, entre otros. Se presentaba a las ocho de la tarde en el Teatro Jovellanos, antiguo y acogedor, que estaba repleto: Jonás y el equipo (y muchos amigos que habían ido desde Madrid, Valencia, Zaragoza o el País Vasco), oyeron hasta tres tandas de aplausos en una noche pasada por la lluvia. Fue una noche de muchas emociones y complicidades en torno a un joven realizador que rezuma pasión por el cine y la literatura, por la sensualidad y la belleza. Daniel Gascón es coguionista con Jonás: ambos han trabajado, mano a mano, en distintos lugares: Mallorca, Madrid y Zaragoza para redondear un texto que intenta ser diáfano: un texto sobre el amor y la ruptura, sobre el modo en que se viven las crisis y las incertidumbres del corazón, un texto sobre la necesidad de recuperar a un amor perdido que no se te va de la cabeza y que te lleva a vivir una obsesiva forma de melancolía. Eso sí, todo está planteado con naturalidad, sin renunciar a la presencia de la cultura. Jonás demuestra algo importante: las novelas y los libros de poesía (Kundera, Pizarnik, Pío Baroja…), la literatura y las cartas de amor forman parte de nuestra existencia como forman parte las canciones o algunas cafeterías, sin que en esa exposición de asuntos o de adherencias exista ni afectación ni petulancia.

 

Llaman muchas cosas la atención de esta ópera prima. En primer lugar, la mirada sutil: es una película muy pensada que bebe en el mundo de François Truffaut, Rohmer, Woody Allen e incluso el cine japonés, pero que revela una sensibilidad especial, riesgo, atrevimiento con la cámara, una voz en off que no desentona jamás y un sorprendente sentido del equilibrio y del ritmo. Jonás intenta darle sentido a todo: a las zozobras del amor, a la importancia de la literatura en nuestra vida –la película, dividida en siete o epígrafes, dialoga con Milan Kundera-, la necesidad de las cartas de amor. Le da la vuelta a Pessoa y dicen que solo son ridículos los que no escriben cartas de amor. Y podríamos decir que se articula en torno a la palabra 'follar': follar es una necesidad imperiosa, un deseo, un destino y a la vez un desatino; curiosamente, a pesar de que el protagonista, no demasiado expansivo, se acuesta con varias mujeres nunca vemos un coito ni un desnudo exactamente. También ahí ha preferido la sutileza del antes y del después, la sugerencia, la calidez de los climas. Esta es una películas de climas, sinuosa como la vida, incesante como un torbellino de confusiones. La película se desarrolla en medio de las tensiones del protagonista, que no puede olvidar a la mujer con la que acaba de cortar. Trabaja de librero, va y viene de las calles a los bares, de casa al parque y a las casas de viejas amigas, e intenta consolarse como puede, varado en distintas variaciones del dolor y la nostalgia. La película está llena de humor, de ingenio, de pequeños detalles (rinde homenaje a la población turolense de Molinos), y posee una banda sonora muy especial –con Aroah, con Nacho Vegas, que estuvo presente en el estreno, con Bill Evans, con Franco Battiato…-.

Hay un momento que define el espíritu de la cinta: Oriol, el joven protagonista (Ramiro en la cinta; Ramiro Lastra), está de espaldas al espectador y mira en sus estantes algunos lomos de los libros o los discos. Mientras, como única acción decisiva, suena ‘La estación de los amores’ de Battiato: esa poética del silencio con música, esa lentitud tan elaborada y jamás aburrida también hablan del modo en que ha sido concebida esta película. Cine de emociones en estado puro.

También hay una ráfaga de costumbrismo madrileño, galdosiano,  barojiano, y a la vez muy actual. Reciente, vinculado a las librerías de viejo, a los bares, a personajes impresionantes como ese joven –el actor es Bruno Bergonzini, maravilloso…- que está enamorado de la camarera argentina y dice que se va a casar con ella para que pueda quedarse a vivir en España. Ese personaje es como el envés de Oriol / Ramiro: de alguna manera también se niega a sí mismo, enmascara su dolor, y lo que observa en su amigo, doliente de amor, no lo ve en sí mismo. Jonás Trueba también ha sabido otorgarle mucha fuerza a sus secundarios, en cierto modo los secundarios pasan a un primer plano y enriquecen la película, la llenan de humanidad, de ternura, de ironía, de gracia. La interpretación está muy bien, equilibrada en las cuatro actrices, Bárbara Lennie hace su mejor papel en el cine para mi gusto (aunque es muy fácil enamorarse de Ángela, Valeria y Miriam), y Oriol Vila va ganando poco a poco, a menudo es un tanto hermético, y acaba por establecer un hilo indeleble de complicidad con el espectador.

Por afecto, por vinculación familiar, por muchas razones no soy ajeno del todo a esta película, pero me ha parecido fresca y hermosa, llena de ideas y de matices, de sensibilidad y de poesía, de homenajes y de juegos, una de esas película que te atañe y en la que querrías quedarte a vivir o a pasear como Oriol Vila / Ramiro Lastra, que a veces me ha recordado a un Jack Lemon joven callejeando, doblando esquinas, con su extraña y casi humorística manera de andar. Con su extraña aureola de seductor melancólico.

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